Una vez, una buena vez, no de una buena vez, sino, una buena vez, una dulce, rica, chora, entrete, alegre, feliz, buena vez… iba saliendo de un café… bajaba las escaleras rodeado de afiches, había llegado a la puerta tras cortinas de Psicodelia, las que dividían esa entrada extensa del paraíso en que puedes imaginarte el mundo mirando el estrecho bebiendo un notable café… todoalmismotiempo.
Una buena vez salí desprevenido del Imago Mundi, era una tarde gris. Por favor, antes que prosigamos, no mal interprete, o no sienta como un pesar esa tarde gris. Quizás para usted lo sea, para otros también, pero no para mí, no ésta tarde gris. Era una de esas tardes en que el cielo se tiñe de gris entero, total, y no deja sombra alguna sobre la tierra. Las sombras, en esas tardes, son un mal recuerdo; y la luz quiebra los ojos desde todos los flancos.
Como íbamos diciendo… Una buena vez, casi escapando, rara cosa, escapar de ese café, que es como un refugio, no? Que es un buen buen muy buen refugio, un albergue para los sueños. Escapando como un forajido que lleva en sus pasos las ganas de seguir latiendo esta vida, con sus miserias, con todas, todas sus miserias, todas sus penas, sus tristezas, todas, absolutamente todas sus sonrisas… es en definitiva, ése refugio donde más he podido encontrarme con aquellas sonrisas últimamente.
Pero así era la cosa. Bajé casi cayendo esa escalera, salí y la luz pareció intentar quebrar mi mirada (la que cubrí con un buen par de gafas) y sentí el Afuera como un respiro profundo, hondo como el cielo; y todo eso… sin alucinaciones, sin delirios, sin utopías ni pendejerías… y todo eso… vi una bicicleta vacía a toda velocidad bajar por Mejicana rumbo al Estrecho…
Desde entonces ya no tengo cordura.
El arte es libertad
Hace 15 horas
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