Folio 15

miércoles, 26 de mayo de 2010
Hace falta morirse un poco. Quedarse quieto bajo el mundo, respirar lento y dejar que el viento pase, que pase no más, así y nada más. Quedarse pegado un rato mirando cualquier cosa, perder, entre tantas virtudes, la mirada, perderla como un sombrero que se lleva el viento, perderla en el fondo de cualquier cosa, de un vaso, una pieza, la casa, la cocina, la calle, la ciudad, el mundo, el horizonte se teje de sueños…

Hace falta morirse un poco. Quedarse callado y que los ruidos sean como el agua de una lluvia ácida que corroe nuestra ropa. Nuestros silencios suelen permitir que se nos desnude. Quedarse así no más, callados, tras una ventana con barrotes, si es posible, y hacer como que miramos, onda que miramos, modo que miramos, así como si mirásemos, como si escuchásemos. Convertirnos, en definitiva, en retratos colgados tras una ventana con barrotes, si es posible con barrotes.

Hace falta morirse un poco. Para quedarse.

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