Folio 17

miércoles, 26 de mayo de 2010
Ayer iba por las faldas de un cerro… cansado. Como es de costumbre. Buena cosa estar cansado. Encontré unas palabras en el suelo, seguramente el viento las raptó de algún lado.

Me gusta eso de perderse. Me gusta eso de perderse. Me gusta perderme en vos, tu voz y ser yo quien cante tus versos. Me gusta perderme entre tus surcos y no saber por dónde salir, y terminar por olvidar hasta quién soy, no sólo por dónde vine, a qué vine, cómo viene, cuándo vine, a qué vine, cómo vine, cuándo vine, por dónde vine, a qué vine, cómo vine, cuándo vine, por donde vine me voy. Y me pierdo así no más, como ciencia exacta, dos más dos y me pierdo, ya no sé dónde estoy. En el fondo, me gusta eso de perderse.  E inclusive superficialmente, me gusta eso de perderse. Yo me pierdo. Sólo me encuentro cuando estoy sólo, o cuando la inmensidad me avisa que no hay nadie más en el lugar en que estoy. Son dos cosas distintas. No te confundas, o confúndete, me gusta eso de perderse, es como confundirse, piérdase no más. Yo me confundo. Y a veces se cruza alguien por mi camino, y basta con que sea bella como para querer besarla y amarla hasta el infinito, qué manera más osada de perderse que esa? Yo me pierdo, me extravío, me confundo y me muevo en círculos. Y sus mejillas rosadas cobran vida y se terminan por poner rojas, o más bien empiezan a ponerse rojas. El frío y el calor, a ojos de la vista, producen lo mismo. No basta mirar. Que torpeza querer conocer sólo con mirar. Por eso nos perdemos. Me gusta eso de mirar.

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